Aprender a vivir sin St. Peter’s

Como siempre, la charla con la srta. Magda es tranquila, serena, llena de vida.  Hoy no se escuchan voces de niños en el colegio, pero hablando con ella, una se imagina sus clases de literatura, y las voces de poetas y chicos parecen susurrarnos todo el camino que ella, con paso firme, ha hecho al andar.


¿Cuántos años han sido, srta. Magda?
Nada más y nada menos que cuarenta. Cuarenta años que han pasado en un suspiro. Ha habido momentos para todo, pero el conjunto es de bastante felicidad.

Profesora por vocación, por supuesto…
Sí, desde pequeñita. A los 14 años yo ya quería ser profesora de literatura, sin dudarlo.

¿Recuerda algún día en especial?
Mi mejor día fue el día que empecé y lo han sido cada uno de los días en que he trabajado, hasta el día en que he acabado. En los 40 años que he estado en St. Peter’s siempre he venido contenta a trabajar. No ha habido ningún día en que haya venido triste. Al contrario: si tenía tristezas personales, que las he tenido, en el colegio se me olvidaban.
La enseñanza sólo puede hacerse de una manera: te entregas en la materia y te entregas también como persona. En  ese sentido, puedo decir que mi experiencia como madre y como profesora, son muy parecidas: al alumno y al hijo no lo puedes engañar nunca. Se dan cuenta de si algo pasa inmediatamente. Tienes que ser buena profesionalmente y también tienes que ser buena como persona.

¿Hay alguna anécdota que recuerdes?
Yo empecé muy joven. Había estado un año en un colegio, pero era una academia donde iba unas horas, totalmente diferente a lo que después ha sido St. Peter’s. Al principio, lo que no tenías de experiencia, lógicamente lo suplías con la gran ilusión que tenías. Después he visto que para muchos de mis compañeros jóvenes que han entrado, las cosas han sido parecidas.
Recuerdo un curso al que le gustaba mucho el teatro, el cine, etc. y salí mucho con ellos. Recuerdo lo sorprendido que quedó un alumno cuando fuimos a ver una obra de teatro bastante novedosa de Els Joglars. La obra se llamaba Alias Serrallonga. En un momento dado, uno de los actores empezó a cortar fuet y a repartirlo, y el alumno no se lo podía creer porque posiblemente no había ido a ninguna obra de teatro y, encima, fue a esta tan divertida. En fin, hay muchas anécdotas para contar. 40 años dan para mucho.

“En mi generación, aprendimos a dar clases mirando y escuchando”


¿Cómo fue su primera clase? 
Bien bien lo que es la primera clase, no. Recuerdo el curso, el edificio. Era un 7º de básica, el curso con los que fui al teatro a ver Alias Serrallonga. Recuerdo los nombres de algunos alumnos, y recuerdo especialmente a mi compañero el Sr. Viñeta, la persona que realmente me enseñó. Yo había salido hacía poco de la facultad de Filosofía y Letras, en la que en ningún momento me habían explicado cómo dar clases. Así pues, lo que yo hacía era fijarme en él. Quizá yo sabía mucha materia, mucha lengua, incluso podía leer textos medievales, pero de dar clases sabía poco. En aquel entonces, en carreras como la mía, Filosofía y letras, Filología, Historia…  nunca explicaban cómo dar una clase. Pero aprendimos. Los de mi generación aprendimos mirando y escuchando.

¿Su última clase?
Esa sí la recuerdo. Mis compañeros me hicieron un pasillo y mi aplaudieron. Los alumnos de 2º de ESO eran conscientes de que era mi última clase y  estaban muy contentos de compartir el momento conmigo.

¿Y cuáles son sus planes a partir de ahora, srta. Magda?
Aprender a vivir sin St. Peter’s. Creo que lo conseguiré pero… No me doy demasiado cuenta. Tampoco quiero pensar demasiado, pero el plan más importante es ese: aprender a vivir sin St. Peter’s. Si no lo logro, igual me tenéis aquí en septiembre.

Yo creo, Magda, que se le va echar mucho de menos
Yo sí que voy a echar mucho de menos a St. Peter’s. No sé vosotros, pero yo sí… ¿Qué voy a hacer? Supongo que aquello que no he podido hacer en estos años: levantarme a horas más normales, ir a comprar al mercado tranquilamente, tomarme un café entre semana y leer el diario… Por supuesto, leer, como siempre, eso ya no es ninguna novedad, la lectura siempre me ha acompañado. También tengo la suerte de que mi hija todavía vive conmigo. Y en fin, quiero disfrutar, irme adaptando y después poco a poco ya iré entrando en la vida de jubilada

Para finalizar, un soneto
Hay dos sonetos que me gustan mucho. Uno es de Quevedo, “Amor constante más allá de la muerte”, dedicado al Amor, y cuyo último verso es sublime: Polvo serán, mas polvo enamorado. Otro es de Miguel Hernández, el poeta desgraciado: “Umbrío por la pena” acaba diciendo en su último verso: “Tanto penar para morirse uno”, Dos sonetos, dos pilares fundamentales en la vida: el amor y la muerte. Vida, amor y muerte.

Y así, como no podía acabar de otra manera, nuestra entrevista acaba con poesía y vida. Gracias, Srta. Magda, por estos 40 años que han pasado en un suspiro. Sólo pedirle que no aprenda del todo a vivir sin St. Peter’s. Que vuelva de vez en cuando. Porque a nosotros nos va a ser difícil aprender a vivir sin la Srta. Magda.